miércoles, 22 de enero de 2014

Capítulo Quinto : El "Movimiento Estudiantil"



Por Rodríguez Couceiro.

    En México vivía un amigo de mi infancia y adolescencia españolas que se llama Emilio Antelo. Vivía en la ciudad de León, tras haberse casado con una chica mexicana, hija de españoles. Era empresario, tenía un negocio de café que iba muy bien.
    
     Desde Ciudad de México hasta León hay unos 400 kilómetros. Desde mi oficina llamé por teléfono a Emilio. Tras las primeras palabras y sorpresa de Emilio, que ignoraba que yo me encontraba en el país, me las arreglé para hacerme invitar a visitarlo y conocer su ciudad, muy pintoresca.

    Mi amigo Carlos Ferreira había despertado en mí la necesidad de ir a León por un hecho noticioso muy importante: Según él cerca de León  se había visto a unos grupos de hombres con uniformes irregulares que hacían prácticas de guerra: simulaban ataques, prácticas de tiro, y otros ejercicios  militares.

     Según Carlos,  eran guerrilleros anticastristas cubanos que estaban preparando una invasión a la isla de Fidel Castro. La noticia era de grandísimo interés para Carlos Ferreira y su agencia, Prensa Latina, y la Cuba de Fidel Castro. Él no podía viajar a la zona porque presumiblemente los agentes del gobierno mexicano lo detendrían si sospechaban que estaba tratando de averiguar las actividades de los cubanos “gusanos”, que es el nombre por el que se conocía a  los anticastristas.

     A todo esto debo decir que a Carlos y a mí, las autoridades  mexicanas nos tenían más o menos vigilados. Y no tenían ningún interés en disimularlo: junto a mi casa estaba siempre estacionado un auto Volkswagen del tipo “cucaracha” que aparentemente me vigilaba a mí. Cuando yo salía de mi casa, el auto también desparecía.

    Por aquella época México vivía un conflicto muy serio, el “Movimiento Estudiantil” una sucesión de enfrentamientos entre los estudiantes y el gobierno. En cierto modo era un reflejo de lo que sucedía en Francia y un poco en casi toda Europa: el movimiento de mayo de 1968.

    Pero en México la rebelión  de los jóvenes se extendió a todo el país, a los partidos políticos: La sociedad se dividió entre partidarios y contrarios de los estudiantes.

    La represión del gobierno fue tremenda, incluso sacó al ejército a la calle. El Movimiento Estudiantil que concluiría dos días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, con el aplastamiento de la revuelta estudiantil  por el ejército, en la Plaza de las Tres Culturas. Con no menos de quinientos muertos. 

    Aquella tarde trágica no es fácil de olvidar. En el coche de Prensa Latina acudíamos a la concentración del “Movimiento”. La convocatoria decía que la reunión multitudinaria se celebraría en la Plaza de las Tres Culturas a partir de las tres de la tarde. A medida que nos acercábamos a la plaza y al encontrarnos con camiones llenos de soldados armados supusimos que el movimiento se había auto disuelto, como se venía comentando desde hacía una semana.

    La actitud de los militares dispuestos en los camiones en las proximidades de la plaza, era simpática; hacían bromas con nosotros cuando nos cruzábamos. Nosotros les hacíamos le “v” de la victoria y  ellos nos respondían del mismo modo, e intercambiando lemas de moda en aquellos meses de refriegas entre el pueblo y los militares: “Venceremos, el pueblo unido jamás será vencido”, cantábamos unos. “Estudiantes piojosos, os barreremos de las calles”, respondían los soldados. Cuando llegamos a la  Plaza de las Tres Culturas, la misma estaba colmada por una multitud de gente de todas las edades y clases sociales, con predominio de jóvenes  estudiantes. Como sucedía  en las concentraciones y en las reuniones multitudinarias, había entre los presentes viejos y viejas vendiendo tacos, refrescos de todo tipo y cosas por el estilo. Más que un acto de protesta, aquello parecía una fiesta popular. De pronto sonaron los disparos. Vimos a unos soldados disparar a la masa de gente desde unos edificios altos que formaban todo un lado de la plaza. Desde la multitud se respondía al fuego de los soldados con armas cortas pero numerosas. La multitud caía, gritos desesperados, atropellos de unos concurrentes sobre otros en los intentos de correr y escapar de la plaza…   En fin, unas imágenes terribles, pavorosas.  Increíbles para la segunda mitad del siglo XX.

    Entre las víctimas más notables de la jornada se encontraba la periodista italiana, Oriana Falachi, que tuvo la suerte de recibir una esquirla de un disparo en el culo., disparo que contribuyó a incrementar su fama internacional.
  
    Confesé  a mi amigo Emilio Antelo la razón real del mi viaje a León. Para suerte mía resultaba que Emilio conocía al Alcalde de León, que suponíamos que tendría noticias de la presencia de los supuestos “gusanos” en su territorio. Efectivamente la conocía:
 ­-Me han comentado que en la zona han visto a algunos hombres vestidos con uniforme, que no son mexicanos y que hacen diversos movimientos de guerra. Se escuchan muchos disparos y otras maniobras militares- nos dijo el alcalde.           .

    Nos despedimos hasta la tarde en que procuraría tener más información.  Como ya eran las dos de la tarde, Emilio y yo nos dirigimos a su casa para almorzar. Estando en la comida, llamaron por teléfono. Era una llamada para mí, de mi jefe en México, Carlos Viseras. Me  dijo que  tenía que regresar urgentemente a Ciudad de México. Que tenía que llamar a García Gallego, el Director de Efe Internacional.

    Mi amigo Emilio me llevó en su coche al aeropuerto de la ciudad y volé  a Ciudad de México haciéndome toda clase de conjeturas cerca de lo que tendría que decirme García Gallego. Tal vez una bronca por algo que había hecho, o que no había hecho. Al llegar a México eran  ya las once de la noche y por la diferencia horaria con España, cinco o seis horas más, dejé para el día siguiente la llamada a García Gallego.

     Bien temprano en la mañana, llamé al García Gallego, el Director de Internacional de Efe quien me comentó que las autoridades mexicanas habían llamado a la Agencia para pedirles que me sacasen de país, sino se verían en la obligación de expulsarme de México. ¿Las razones? pregunté yo. Únicamente me dijo que los mexicanos habían dicho de mí que era un peligro para México, que estaba involucrado con los responsables del movimiento estudiantil y otros asuntos por el estilo. Después de mi autodefensa García Gallego me comentó que la Agencia había decidido enviarme a Santiago de Chile de Delegado, lo que constituía un ascenso. Efectivamente era así: en México era un corresponsal y en la capital de Chile, Delegado: el jefe de la oficina o delegación de Efe.                     

    Poco antes de la salida del avión, Carlos Viseras, mi jefe, me informó que las autoridades del gobierno habían decidido expulsarme, pero por consideración para la Agencia Efe, habían decidido negociar mi salida con mis jefes para simular un cambio de destino en mi carrera. En fin, una afortunada patada hacia arriba.

    En el vuelo hacia Santiago de Chile tuve tiempo de recordar algo que me había parecido sintomático unas horas antes. EL clima de broma y de aparente buen humor que habían demostrado los soldados con los que nos cruzamos camino de la Plaza de las Tres Culturas, cosa inimaginable días antes.

    A las dos de la tarde la radio había dicho que, en aquel momento, se había reunido  el ministro de Gobernación (Interior) con los líderes del Movimiento Estudiantil para llegar a un acuerdo y suspender las actos de protesta y que los estudiantes regresasen a sus centros de estudio, principalmente los de la Universidad Autónoma de México (UNAM). En fin,  poner punto final a la revuelta. El gobierno mexicano tenía espacial empreño en que la revuelta estudiantil terminase de una vez, ya que en diez días más se inaugurarían los Juegos Olímpicos de 1968, que tenían como escenario la Ciudad de México. Y este país era muy celoso de su imagen internacional.

    Teniendo en cuenta todo eso, junto al tono simpático que observaban los soldados movilizados por el gobierno me hacían presumir que había habido acuerdo entre el ministro de Gobernación y los líderes del movimiento. Tan es así que estuvimos a punto de dar la vuelta y regresar a nuestras respectivas oficinas.

    Yo pensaba, además, que el posible acuerdo entre el Ministro y los estudiantes probablemente se había logrado, teniendo en cuenta la personalidad del Ministro, el interlocutor del gobierno, el señor Luis Echverría, ministro de Gobernación, quien –para mí- era la paloma del gobierno del Presidente Díaz Ordaz, un hombre rudo y autoritario, al igual que su Partido el Revolucionario Institucional (PRI).

(seguirá)
   
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lunes, 9 de diciembre de 2013

Capítulo IV. Un decreto muy inoportuno



Por Rodríguez Couceiro.

   En torno a los 20 años tenía yo un grupo de amigos que ya nos habíamos elegido por afinidad.  Gustos, inquietudes, y preocupaciones comunes. Entre ellas figuraba la mujer, el sexo… todos coincidíamos en preguntarnos peculiaridades sobre las hembras. Cada uno de nosotros estábamos enamoriscados de alguna, muy concreta.Pero todos teníamos el mismo nivel de experiencia: ninguna.                                                                                                                                                                                               
   Había por entonces en Pontevedra un barrio que tenía fama de reunir en su seno a las “chicas malas” de la ciudad.  La Moureira, se llama. En torno a un  pequeño embarcadero formado por la confluencia de la ría de Marín y la desembocadura del río Lérez. Era una ribera larga constituida por la pobreza visible de sus casas, los pequeños bares, y otros establecimientos similares. Alguna casa “de  Chicas”, que en aquel momento eran nuestro objetivo.
     Habíamos decidido estrenarnos el día 15 de agosto, en plenas fiestas de la Virgen Peregrina, patrona de Pontevedra. Creíamos que en medio del fervor, la animación y la alegría general,  nadie repararía en nosotros.EL domingo, día 14, nos reunimos como habíamos convenido en la cabecera este de la Alameda a las tres de la tarde.  Más o menos a la hora fijada estábamos todos reunidos. En esta ocasión llegamos todos a la hora fijada. Incluso Benja, el que siempre se retrasaba, llegó puntual, y exultante exhibiendo un paquetito envuelto en papel de la farmacia“Conde”, que contenía las cinco botellitas con la dosis de penicilina que nos había indicado Toño, experimentado muchacho en estas lides cuatro años mayor que nosotros.
   Bajamos por la calle XxX, hasta el borde del agua del puerto. De allí nos dirigimos por la derecha siguiendo la ribera de la ría unos 700 metros y finalmente entramos en la rúa do Este. En el número 32 de la calle se encontraba nuestro destino, el “Bar Císcar”. Un recinto amplio, con mesas y sillas de madera.
       Nos asomamos a la ventana que daba a la calle y mostrando la mínima cantidad de nuestra anatomía, miramos al interior del bar. Había pocos clientes en aquellos momentos y entre las cuatro chicas que se encontraban en el local, ninguna de ellas era Begoña “A tetas”, mi chica. Tampoco se encontraban las chicas de mis amigos, excepto Maruxa de Lola, la elegida por Benja. Después de algunos conciliábulos decidimos volver a la caída de la tarde que sería más  probable encontrar a las nenas, a todas. Nos fuimos de la Moureira con menos alegría que con la que habíamos llegado.                                                                         
     Para hacer tiempo fuimos a la cafetería “Lar”, de nuestro buen amigo Firmo. Este nos esperaba con la cara muy risueña y el ejemplar del diario “El faro de Vigo”.
       “¿Qué tal la experiencia en la Moureira?”. Nos preguntó sin poder contener una muy amplia sonrisa y una carcajada.                                                                                                                                
      En la primera página de “El Faro”  figuraba la explicación que todos esperábamos: “Prohibidas la prostitución y las casas de tolerancia en todo el territorio nacional. El gobierno dictó un decreto con las nuevas “normas de conducta y convivencia”.                                                                                     
       Total que don Francisco Franco Bahamonde nos había hecho la puñeta un vez más.
       
 (Seguirá)

domingo, 1 de diciembre de 2013

Capítulo tres. ¡Cuidado: a quién le pides bailar!

Por José A. Rodríguez Couceiro.
    

          El Alcalde de la turística ciudad de Vallarta (“la noche de la iguana”, con Marlon Brando y Litz Tailor) situada cerca de Guadalajara, emprendió una campaña en favor de su ciudad que  en aquellos días había salido en los medios informativos norteamericanos una serie de noticias relativas  a incidentes con turistas norteamericanos, especialmente en el Estado de Jalisco, al que pertenece la ciudad de Vallarta y otras localidades muy veraniegas de México.

     La alarma de las autoridades era comprensible porque el turismo norteamericano  era la principal industria de México.

       Y por aquellas fechas era frecuente encontrar en los diarios mexicanos, así como oír en la radio o en la televisión noticias sobre violaciones de turistas norteamericanas, e inclusive asesinatos, lo que perjudicaba gravemente a la principal industria nacional.

      Pues bien, al preocupado alcalde de Puerto Vallarta se le ocurrió emprender una campaña en favor del turismo y pensó que lo mejor sería contar  con el apoyo de la prensa internacional. Y para ello programó la visita a su ciudad de los corresponsales de los agencias de noticias y de diarios que residían en México  D. F.  Y hete aquí  que  me tocó mi turno. Recibí  una invitación para visitar Puerto Vallarta con mi esposa un día  de agosto de 198x. En la mima ocasión también  fueron invitados el subdirector de la agencia francesa AFP,  Ramón La Moneda, el corresponsal de la agencia cubana Prensa Latina, mi íntimo amigo Carlos Ferreira, y sus respectivas esposas.

      El día señalado  tomamos el avión para Puerto Vallarta. Ese día la pintoresca localidad del Pacífico se había engalanado para nosotros. Banderitas de todos los colores en las calles, grupos de mariachis tocando por las calles. Y en la plaza principal del pueblo  estaban dispuestas mesas para comer y en un templete una orquesta amenizaba la fiesta, interpretando  rancheras, pasodobles y otras piezas.

     Todo en nuestro honor. El Intendente Municipal (alcalde) y otros miembros de la junta municipal nos esperaban  en la  mesa.  Con sus bien ataviadas esposas. A mí me correspondió sentarme al lado de la mujer del alcalde, una chinita menudita, de ojos muy brillantes… Bastante bonita por cierto. 
Me levanté, y muy cortésmente, le solicité a la alcaldesa bailar.

       En torno a la mesa se produjo un movimiento que no supe definir. Dos mocetones que estaban detrás de la silla de la señora del alcalde, de pié, abrieron un poco las cazadoras de piel  negra   que llevaban puestas dejando a la vista las culatas del revolver que tenían entre el cinturón y el pantalón. Uno de ellos, el que tenía la cara menos fiera, se acercó a mí y poniendo su boca cerca de mi oído me dijo en voz baja “por razones de protocolo, usted no puede bailar con la esposa del señor intendente”.   

     Intervino entonces el señor Intendente:“en México no se estila invitar a bailar a la esposa de la máxima autoridad. Es el protocolo, usted sabe”.

      Después de ese breve intercambio de palabras poco más se dijo en la mesa. Para quitar hierro a la situación,uno de los presentes dijo que en España y en Europa, en general, era usual sacar a bailar a cualquier persona en una situación como aquella.

       Sobre la mesa se extendió una especie de tiniebla que impedía las conversaciones: una suerte de silencio de los llamados “sepulcrales”. Y todo por una simple y educada invitación a bailar.      
                                          
      Ya en el hotel, Ramón de la Moneda comentó irónicamente: “vaya forma tan original  de tranquilizar al turismo  norteamericano”.
                                                                                    (seguirá)                                  


viernes, 29 de noviembre de 2013

VERDURAS CON QUESO

INGREDIENTES:

ü  500 grs.  De brécol
ü  500grs de calabaza
ü  500 grs de champiñones
ü  200grs de bacon
ü  300grs de queso  rallado para pasta
ü  100grs. De piñones
ü  4 dientes de ajo.

PREPARACION:

Cocer EL Brócoli y la calabaza con un poco de sal. Sofreír el bacon troceado. Freír los ajos con los champiñones cortados en trozos grandes.

En una fuente de horno, poner primero el brécol y la calabaza, encima los champiñones y el bacon, añadir los piñones y cubrir con el queso. Meter en el horno 3 o 4 minutos a 180 º.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Gateau de Mallorca.

Ingredientes:

Un cuarto de kilo (l/4) de almendras molidas.
Un cuarto de kilo(1/4)  de azúcar.
Seis (6) huevos.
Una cucharadita de canela molida.



Procedimiento:

Separar las yemas de las claras.
Poner las claras a punto de nieve.
En un recipiente mezclar la almendra, las yemas batidas y la claras a punto de nieve y el azúcar.
Se unta el recipiente con mantequilla.
Se mete al horno 20 minutos  a l50º.

LOMITOS DE SALMÓN CON MERMELADA DE CIRUELAS.


INGREDIENTES:

1 lomo de salmón
2 o 3 patatas
1 bote de mermelada de ciruela verde
1 pimiento rojo
aceite, vino blanco, sal y pimienta
azúcar

PREPARACIÓN:

Se da un hervor al salmón.Se retira y se corta en tacos que se fríen con un poco de sal y pimienta.Se pelan las patatas y se cortan en rodajas, que se fríen con sal y pimienta.
Se cuece la mermelada con  el vino, sal y pimienta. A cada trozo de salmón se le pone un trozo de pimiento ya pelado . Se echa por encima la salsa y se añaden las patatas.                                                                                                                    

viernes, 22 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 2: NO NOS MATARON


El DC 10 de Iberia salía de Ciudad de México rumbo a Madrid. Como siempre, a las cuatro de la tarde. Era un día soleado y claro, típico dela capital mexicana. Viajábamos toda la familia: mi esposa Vicky y yo con los cinco  hijos que teníamos  en aquella época: el año 1969.
Hacía tres meses que había finalizado la mal llamada“guerra del futbol” entre Honduras y El Salvador. En verdad esta vez necesitaba las  vacaciones que estaba  comenzando a disfrutar. 
Al otro lado del pasillo del avión, viajaba un sacerdote joven, aproximadamente de mi edad.
Como me temía, el sacerdote parecía querer hablar con alguien,  conmigo justamente (yo aborrezco a las personas que me hablan en los viajes).  Me resigné y me dispuse al sacrificio:
-¿Es usted español, verdad? -me preguntó.
-Sí, respondí.
-¿Qué hace en este país? -Otra vez el mismo rollo, me dije, y contesté - Soy periodista, corresponsal, de la Agencia Efe en México.
Se  quedó pensativo un momento, antes de añadir:
-Entonces es usted compañero del periodista de Efe, que mataron en Guatemala….
-Ese que murió fui, yo, le dije. En ese instante pensé en lo que habían escrito el diario  “Prensa Libre” y dicho las emisoras de radio en la ciudad  de Guatemala días antes.
Habían publicado y difundido, que “el corresponsal de la Agencia Efe y el fotógrafo que lo acompañaba  habían muerto esa mañana víctimas de disparos cuando pretendían vadear un río en la frontera entre Guatemala  y Honduras, para entrar a este último país”. La tarde anterior yo me había comunicado con mi Agencia, en Madrid, para decirles que me ofrecía a ir de enviado especial y cubrir el conflicto desde Tegucigalpa. Para mi enorme satisfacción me respondieron afirmativamente ¡Iba a informar sobre una guerra: el sueño de todo corresponsal!
 Al  mismo tiempo desde La Habana, la dirección de la Agencia Prensa Latina ordenaba a su corresponsal en México, Carlos Ferreira,  trasladarse a Honduras con el mismo fin.
 Carlos Ferreira y yo éramos íntimos amigos desde el mismo  día que yo llegué  a México, hacia año y medio.  Los dos habíamos solicitado al mismo tiempo a nuestras centrales, ir como enviados especiales a cubrir la guerra entre EL Salvador Y Honduras, la mal llamada “guerra del fútbol” (más adelante lo explicaré).
AL día siguiente nos encontramos en el aeropuerto a un buen número de corresponsales establecidos en México, todos con el mismo destino:las capitales de Honduras y EL Salvador. Pero los vuelos a ambas ciudades  habían sido cancelados en virtud de la guerra. Y cada corresponsal eligió el vuelo alternativo que mejor le pareció. Nosotros, Carlos y yo, elegimos el destino Guatemala…
Tanto  el uno como el otro íbamos muy cortos de dinero. Así que al llegar nos alojamos en un hotel muy barato. Era una época, aquella, de gran violencia en Guatemala, con la guerrilla en pie de guerra contra el gobierno militar. Todos los días había algún choque entre ambos; con su secuela de muertos y desaparecidos. Se daba entonces la circunstancia de que, en el plano internacional, Guatemala acusaba Cuba de fomentar y financiar la guerrilla, cosa por todos sabida. Y he aquí el intríngulis: Carlos, mexicano, trabajaban en la agencia de noticias de Cuba,  Prensa Latina, motivo suficiente para que los “milicos” guatemaltecos lo considerasen un agente castrista  infiltrado en Guatemala, bajo el pretexto de la guerra. Y  yo era su compañero.
Sea por esto o por lo que fuere, Carlos y yo teníamos un cierto temor. Por la acera de nuestro hotel advertí la presencia de tres o cuatro hombres sospechosos, una especie de “ton tón macouts” haitianos. Por esa razón decidimos mudarnos (en las embajadas de España  y México nos habían prestado unos centenares de dólares).  Y elegimos el que probablemente en aquel entonces era el hotel más lujoso de la Ciudad, el Camino Real. Allí nos sentimos seguros y a salvo de algún hipotético secuestro o agresión por parte de los esbirros del gobierno militar.
Al día siguiente fuimos en taxi hasta la ciudad de San Pedro Sula, situada en la frontera con Honduras donde nos habíamos  propuesto pasar por tierra. 
Buscamos alojamiento en una especie de gran pensión y seguidamente, nos fuimos caminando hasta la frontera, muy cercana.  El puesto fronterizo era una simple caseta con un par de soldados.  Entre la gente que se curioseaban por allí,  había un alto oficial con el que trabamos conversación. Nos contó como había comenzado la guerra y algunos pormenores que nos fueron, muy útiles cuando escribíamos nuestras crónicas. Al decirle que pensábamos penetrar en territorio hondureño,  él se ofreció en acompañarnos un trecho. Creímos que era nuestro  guía ideal, y nos dispusimos a pasar. Entonces recurrió a un jeep y en compañía de un suboficial, que actuaría de chofer, pasamos a territorio hondureño.                                    
Al poco de penetrar por una carretera que más bien era un sendero en la altiplanicie, observamos un resplandor a lo lejos que venía hacia nosotros, es decir, hacia Guatemala. El coronel se puso nervioso y ordenó al chofer que detuviese el vehículo. Ambos bajaron del jeep con metralletas y se ocultaron detrás de coche. A  nosotros, nos dijo que nos situáramos delante del jeep como que éramos dos ciudadanos que estábamos de casualidad en el camino.
(Luego nos explicaría que lo hacía porque ellos, él y el suboficial,  no  podían entrar en territorio de Honduras, siendo guatemaltecos y vestir uniforme del país). Carlos y yo, con evidente miedo, esperábamos a que la luz llegase a nosotros: resulto ser una caravana de automóviles y camiones cargados de refugiados hondureños en busca de la seguridad que confiaban encontrar en  Guatemala.
¿Qué podía haber ocurrido para que “mi muerte” mereciese el honor de la letra impresa? Después un rato de meditación empecé a encontrar una posible explicación: el alto oficial que nos sirvió de guía la noche anterior, era el coronel Guillermo Echevarría, máximo responsable militar de aquella región, especialista –nos confesó- en la lucha contraguerrillera,  con entrenamiento  recibido en la Escuela de las Américas, del ejército de los Estados Unidos en
Guatemala.
De regreso en San Pedro Sula fuimos a tomar unas copas de ron  y a cenar a la fonda en la que nos alojábamos. Y he aquí la reflexión que me hice en ese momento: nuestro anfitrión había sido el Coronel Guillermo Echeverría, Comandante de la zona.     
En la larga conversación que tuvimos durante la cena nos describió con lujo de detalleslas tropas que tenía a sus órdenes, cuál era el estado de la actividad subversiva en aquella  zona y otros muchos datos. Y también un pequeño secreto: qué había sucedido  con el  líder guerrillero guatemalteco John Sosa (en aquellos días no había ninguna noticia de él, pero se sospechaba que estaba vivo).
En resumen, que el Coronel nos había facilitado material para hacer un completo informe sobre la situación de la guerrilla. Seguramente un relato de gran valor  para los cubanos.

Supuse, además, que los servicios de inteligencia de Guatemala habían detectado mi presencia “y la del fotógrafo que me acompañaba”, que era en realidad un periodista que trabajaba para un agencia cubana de noticias.  Naturalmente un “espía” cubano  y nada menos, que el propio jefe militar de la zona había facilitado un completo informe sobre la actividad subversiva.

Al regresar a su cuartel, ya de madrugada, el Coronel Echeverría debió encontrar sobre la mesa de su despacho una  comunicación de la inteligencia guatemalteca referente a la presencia en el país de un periodista español y de un fotógrafo cubano.
“¡Carajo -debió decirse el Coronel al leer el  informe- que pendejo he sido, les di un reporte sobre la guerrilla nada menos que a unos espías de Cuba¡”.

Y a partir de aquí habría maquinado el procedimiento para eliminarnos. Durante la cena nos había  indicado la forma de penetrar en territorio hondureño, que era nuestro destino.
“Vadeando un río que corre por la frontera”, nos había dicho.
Al oír aquello,  sufrí un súbito enfriamiento  en mi ardor profesional: yo no sabía nadar y el agua me daba un  miedo muy respetable.

Cuando el Coronel se marchó le pregunté al personal de la pensión si el río era en realidad vadeable. Después de que los empleados dialogasen entre ellos, llegaron a la conclusión de que el  río era peligroso en aquella época.  ´´Únicamente es practicable nadando”  comentaron.
Definitivamente aquello no era para mí, me dije.  Y decidí que yo no iba  pasar el río. Y tal decisión se la comenté a Carlos, que muy amablemente me comprendió a pesar de que él sí, sabía nadar.          

Al  día siguiente me levanté temprano, a las seis de la mañana, y me dirigí a las oficinas de la gigante norteamericano YunaitedFruit , buscando un medio para transmitir la crónica que había escrito la noche anterior sobre mis primeras 24 horas en las inmediaciones de la guerra  mal llamada “del fútbol”, entre Honduras y el Salvador. En las oficinas me facilitaron con gran generosidad su télex, por el que pude transmitir mi crónica a  la oficina de Efe en México.

En mi oficina, en México , Vicky, mi mujer,esperaba mi llamada, según lo convenido, para transmitir a Madrid  la  crónica que yo le dictaría.  Lo primero que le dije,  innecesariamente  porque ella lo estaba comprobando en aquel momento, fue que  no hiciera caso si le informaban de que me habían matado en la zona de San Pedro Sula.
     Cuando el DC 10 de Iberia tomo tierra en el aeropuerto de Barajas, no me esperaba nadie de la Agencia  EFE, ni de mi familia; tampoco ningún amigo. Nadie me esperaba, como yo confiaba, como a un héroe de guerra.  Tragué mi decepción lo mejor que pude, pese a que alguna de mis crónicas, con mi firma, habían sido publicadas por el diario ABC, proeza pocas veces alcanzada por algún corresponsal de mi agencia.
“La guerra del fútbol “, fue un nombre que le aplicaron los periodistas norteamericanos y  “copiada” por los medios de comunicación de todo el mundo.
Pero debajo de  ese nombre había una realidad mucho más severa: la pobreza, la miseria. Desde siempre los salvadoreños habían emigrado a Honduras en búsqueda de un  destino con menos hambre y miseria que en su propio país. De ahí surgieron como suele ocurrir en esos casos enfrentamientos  verbales, disputas de vecinos hondureños y salvadoreños, las peleas y los enredos  más serios.
La chispa de la violencia  saltó durante un partido  de futbol entre las selecciones nacionales de los dos países. Y de ahí  invadió todos los ámbitos de la relación entre las dos naciones.  Como el  fuego había surgido en un partido de fútbol.Algún genio delos titulares  decidió aplicarle el nombre de “La guerra del futbol”. Y  de ese modo quedó registrad en la historia.


seguirá.....

José Antonio Rodríguez Couceiro.